Nuestras cosas

A veces la vida va más rápido de lo que uno desea. Va tan rápido que se asemeja al efecto de viajar en tren y mirar por la ventana, si coge mucha velocidad no llegas a distinguir el paisaje. Para disfrutar de las vistas lo mejor es ir más despacio.

El ritmo frenético del capitalismo globalizante está creando generaciones de frustrados y seres depresivos. Las estadísticas están ahí. Cada vez más desorientados a edades más tempranas.

Dicen los periodistas y tertulianos que nuestra generación es la más preparada. Sin embargo es la más inquieta. Llegan momentos de abismo. Haces lo que se supone que tienes que hacer, primero a la escuela, después a la facultad, de ahí al trabajo. Hipoteca, casa, responsabilidades. El ritmo viene impuesto por la dinámica del mundo. Después la muerte y después la nada.

Si a esa realidad que nos rodea añadimos que siempre hemos querido viajar, conocer culturas y ver mundo, la regla de tres está hecha. Si no te tiras al vacío ahora ¿qué vendrá después? Las garras de la vida moderna quizá nos impidan hacer locuras más adelante, con responsabilidades cubriéndonos hasta el cuello.

Esas son pues nuestras motivaciones para viajar. Somos conscientes de que un viaje no cambia el mundo, que del capitalismo no se huye. Si la vida capitalista no te gusta, la única solución es la militancia. Lo sabemos. Pero queremos dar esa batalla personal, dar un golpe en la mesa, salir de la vorágine, adquirir mejor perspectiva y volver a casa.


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